Si por algo destaca el yogur griego es por su cremosidad, que lo eleva al olimpo de los postres convirtiéndolo en el mejor del mundo.
El yogur es un producto de origen turco que a través de las redes comerciales establecidas a lo largo y ancho del mediterráneo se extendió a todas las civilizaciones de sus costas: los primeros libros árabes de cocina explican la preparación del yogur en diversos platos; fenicios, egipcios y romanos lo consumían, pero fue en Grecia donde se desarrolló una variante propia, que lo diferenciaba del resto. Hoy vamos a descubrir qué características son las que hacen del yogur griego un producto único.
Leyendas antiguas hablan del descubrimiento del yogur como un suceso accidental que ocurrió cuando un pastor de una tribu nómada del este de Europa olvidó un poco de leche en una de las pieles que usaban para transportar líquidos, encontrando en su lugar una crema densa y sabrosa.
Sea o no este su origen real, lo cierto es que el yogur es fruto del proceso de fermentación de la leche, que ocurre de manera natural a una temperatura superior a los 37ºC. A partir de esta temperatura se desarrollan en la leche dos bacterias Lactobacillus bulgaricus y Streptococus thermophilus, que interactúan transformando la leche en una crema ligeramente ácida que conocemos como yogur.
El yogur griego supone llevar el proceso de elaboración habitual del yogur un paso más allá: filtrando su suero mediante un proceso de licuado es como vamos a obtener el yogur griego. Este paso es determinante a la hora de diferenciar ambos productos, ya que mediante el licuado se produce una concentración de proteínas y grasas, mientras que otros elementos se desprenden en el suero, dando lugar a un producto distinto del yogur natural del que procede.

El yogur griego supone llevar el proceso de elaboración habitual del yogur un paso más allá

Qué diferencias hay entre el yogur natural y el yogur griego

El proceso de licuado del que hablábamos anteriormente va a determinar la composición del yogur griego. Los elementos que se concentran son grasas, presentes en un 9-10% frente al 3,5% del yogur natural, y responsables de esa textura densa y cremosa que lo hace tan especial.
También las proteínas se concentran siendo la proporción de entre el 8 y el 16% frente al 2,7-4,5% del yogur natural.
Se trata además de proteínas de alto valor biológico que van a contribuir al buen desarrollo del sistema inmunológico y del cerebro y que además podemos consumir en comidas clave, como el desayuno, o después de hacer un deporte exigente.

En cuanto a los elementos que el yogur griego pierde con el suero, encontramos la lactosa y el calcio. La pérdida de lactosa lo hace un producto más adecuado para personas con intolerancia, y además reduce su contenido en azúcares.
En cuanto al calcio, la diferencia entre el griego y el natural es tan solo de un 2%, por lo que la pérdida no es demasiado relevante. Hablamos por tanto de productos distintos, pero en ambos casos, saludables, siempre y cuando los consumamos teniendo en cuenta sus propiedades.

Miles de años de historia y su presencia en la gastronomía de varias culturas avalan la versatilidad del yogur griego. A día de hoy podemos incorporarlo a nuestra dieta combinándolo con miel gourmet y cereales en el desayuno, con frutos rojos como postre, o incluso utilizarlo para hacer salsas, que en verano pueden tener un toque muy refrescante al añadir pepino y menta. Un sinfín de posibilidades en una sencilla crema que no puede faltar en tu nevera.

Tu opinión nos importa

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos marcados con * son obligatorios.