Existen multitud de mitos y leyendas acerca del origen de las tapas, algunos lo atribuyeron a los reyes católicos, a Alfonso X, a una costumbre popular… Lo cierto es que esta tradición, con gran arraigo en nuestra gastronomía, tiene antecedentes en muchas de las culturas que pasaron por nuestro país. Árabes y judíos ya acostumbraban a tomar algunos aperitivos antes de la comida principal para abrir el apetito; y en el S XVII se denominó “tapa” (como evolución del término francés étape), a los alimentos que se ofrecían a las tropas de Napoleón en nuestro país en cada una de sus paradas.

 

Andalucía, la cuna de la tapa

Los primeros documentos relativos a las tapas señalan Andalucía como epicentro. La revista La Alhambra en 1911 ya hablaba de cañas y tapas como un entretenimiento propio del hombre Andaluz. Esta tradición se remonta a finales del S XIX vinculada a las “tiendas de montañés”, que eran establecimientos similares a un colmado, regentados por cántabros emigrados a Andalucía. Y sin duda estos empresarios supieron hacerse un hueco en el mercado, porque, más allá de vender diversos productos, servían bebida y comida: desde una loncha de embutido encima del vaso a modo de “tapa”, que el montañés ofrecía gratuitamente, a platos algo más elaborados como pescado frito, tortilla… con los que por un módico precio se tentaba a la clientela.

La revista La Alhambra en 1911 ya hablaba de cañas y tapas como un entretenimiento propio del hombre Andaluz

Las tiendas de montañés supieron utilizar en su favor las particularidades de la tierra en que se desarrollaron: estableciendo alianzas con bodegueros de Jerez lograron expandirse por toda Andalucía, convirtiéndose en un ineludible punto de encuentro en el que además el flamenco encontró un contexto fabuloso para desarrollarse.

 

Un asunto Real

Es en este punto, concretamente en el año 1916, cuando la figura de Alfonso XIII da un importante impulso a la costumbre de la tapa. En una visita a Sevilla frecuenta en un par de ocasiones la Venta de Antequera, su gusto por este local, (que a día de hoy aún existe), le lleva a convertirla en proveedora de la Casa Real y a consecuencia de esto comienzan a surgir negocios similares a las tiendas de montañés andaluzas en la capital de España.

Este innovador negocio, al mismo tiempo colmado, bar y restaurante, consigue rápidamente hacerse un hueco en la ciudad de Madrid. Las modernas tabernas, herederas de las tiendas de montañés, llegaban convertidas en locales luminosos y cuidadosamente decorados en los que se organizaban tertulias taurinas, espectáculos de flamenco… Estos locales, que originalmente frecuentaban público de carácter humilde, rápidamente se pusieron de moda entre intelectuales y clases más acomodadas, de manera que la tapa se convierte en una costumbre que conquista a todos los niveles de la sociedad.

Cuando en el año 1936 la Real Academia de la Lengua consideró que la palabra tapa había dejado de ser un modismo y decidió incluirla en su diccionario (Pequeña porción de algún alimento que se sirve como acompañamiento de una bebida), la costumbre ya estaba perfectamente integrada en nuestra cultura y había trascendido mucho más allá de nuestras fronteras.

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